El mes pasado, el comentarista político nicaragüense Jorge Cuadra publicó un artículo en el que, enfáticamente con el título No somos iguales, somos diferentes, reconoce las diferencias entre los pueblos de Nicaragua y Costa Rica. Son diferencias que cierta ortodoxia de corrección política, que se puede reconocer del lado costarricense, ha tratado de minimizar y de desconocer lo que nos hace sobresalir. De alguna manera, para algunos ya no es correcto decir que sobresalimos como sociedad, lo cual es ahora asociado a ser ilusos o arrogantes.
El autor de dicho artículo quizá falla en dar correctamente con el origen de las diferencias entre estas dos sociedades. No ha sido un asunto fundamentado en las funciones de dos caudillo como Pepe Figueres y Tacho Somoza. Las tendencias diferentes de ambas sociedades tiene un origen colonial, cuando Costa Rica era más pobre que la misma Nicaragua, y cómo el primer país empezó a marcar su diferencia a partir del siglo XVIII, con un sistema de colonización rural diferente al nicaragüense. Las divergencias entre los gobiernos de Figueres y Somoza fueron no sólo los distintos tipos de personalidad y de ambiciones, como lo menciona Cuadra, sino, sobre todo, de dos sociedades que ya no eran muy semejantes antes de la llegada de ambos caudillos al poder. Costa Rica ya venía construyendo una vocación democrática más estable y mejor fundamentada que la de los vecinos del norte, y esa tendencia la mantenemos al día de hoy.
Hay un asunto que muchos en Costa Rica no logran diferenciar. Identificarse con y saber valorar la rescatable tradición democrática y de libertades que hemos construído en Costa Rica y que no se ha podido alcanzar en algunos países vecinos no significa ser chovinista o xenofóbico. Es saber ser agradecido con lo que tenemos, saber reconocerlo y, sobre todo, no darlo por sentado.
Por supuesto que hay aspectos importantes que mantienen una unión entre Costa Rica y Nicaragua, y con otros países centroamericanos. Algunos de esos aspectos son problemas que todos tenemos en común, como el subdesarrollo. Sabemos también que estos países tienen en sus propias instituciones hechos y logros que pueden poner como ejemplos dignos de su propia superación y su progreso. El asunto es que en Costa Rica, aún con todos los retos actuales respecto a nuestra institucionalidad y nuestra democracia, no podemos cometer el error de renegar u ocultar los logros que nos han permitido ser diferentes. Saber ser diferente no es menospreciar al otro, es valorar lo mejor en nosotros como sociedad. Y así como en importantes aspectos podemos ser un ejemplo para Nicaragua, como lo reconoce Cuadra, otros países con un desarrollo más avanzado que el nuestro pueden convertirse también en ejemplos a seguir por nosotros mismos. Nada de malo en ello.
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